sábado, 15 de febrero de 2014

El síntoma, el cuerpo, la actualidad de las neurosis actuales.

Las schlüssel-neuronen que son un modo particular de respuesta, de descarga, que se produce en el interior del sistema psi. Pero paradójicamente esta descarga sólo tiene por función aumentar aún la carga. En tanto llama a esas Schlüssel-neuronen también —no creo que sea un lapsus— Motorische Nueronen, es algo que por las excitaciones que se producen en el interior del sistema psy, va a provocar una serie de movimientos que efectivamente vienen del interior, que aumentarán aún la tensión, y que en consecuencia se encontrarán en el principio de algo que para nosotros es del más alto interés, justamente concerniente al problema que ha sido más que demasiado abandonado, de las neurosis actuales    (Lacan, 1959, p. 55)

La idea que intento desarrollar en este trabajo es articular algunos conceptos e ideas abordadas dentro del marco del curso de seminario de maestría, Metapsicología I, llevado en el primer cuatrimestre del año 2012.  De lo allí trabajado, acerca del síntoma y el cuerpo,  derivaré en esta oportunidad en reflexión en torno a la relación de las neurosis actuales y su actualidad en marco clínica. Para ello abordaré textos que hacen a esta problemática en Freud, tanto de su primera época, como así también sus últimas conceptualizaciones.

Me serviré entonces de un interrogante a modo de supuesto:

¿Qué relación que existe, entre la invariable que fue lo económico en Freud, a lo largo de toda su obra, el trauma, lo traumático, en tanto estructura, y el cuerpo,  el síntoma actual,  eso que no retorna de lo reprimido?

Parto también del interrogante que suscita en mí, que en la obra de Lacan no haya  muchas referencias a las Neurosis Actuales, un problema demasiado abandonado dice Lacan, al menos en su denominación explícita. No obstante, es evidente que en sus elaboraciones acerca de la angustia resulta cuestión vital la vertiente abierta por Freud en esa clínica que enfrentaba al sujeto y al analista con una clínica de lo real. Las neurosis actuales ubican al cuerpo bajo otra rubrica, son el denominador común de la clínica en nuestra época. Introducir las neurosis actuales en el dispositivo analítico hoy, es retomar aquello que, en tanto desecho, constituye un tipo particular de síntoma que no es el de las psiconeurosis, donde lo que prevalece es el reino de la sustitución y el desplazamiento, las dos vertientes, las dos caras del síntoma, la que prevalece entonces en las Neurosis Actuales es esa cara extraña e irreductible, en tanto pulsional y no descifrable. La que escapa al significante. En tal sentido, sería válido preguntarnos ¿Tiene estatuto de síntoma eso que se presenta en la clínica actual?

En principio si alguien consulta es porque algo del orden del síntoma se constituye, no obstante, son pedidos de consulta, que no conllevan, necesariamente, una demanda de análisis. En este sentido, la tarea previa del analista sería ubicar la historicidad y la  histericidad del síntoma, en estos sujetos no escindidos,  en y con  la transferencia, a partir del pivote del supuesto saber. La modalidad actual de un síntoma velado, que no hace pregunta, que no interroga al sujeto que, dicho de otra manera, pareciera prescindir de la causalidad psíquica y de lo inconsciente, lleva aparejada una dificultad propia, a saber, que no busca un destinatario y, en tal sentido, no es fácil hacer advenir ahí la invención, por parte del sujeto, de otro que en tanto semblante pueda operar como analista. Es así que, la clínica actual, interroga la posición del analista acerca de su saber y de su deseo.

Ahora tengo que llamarles la atención sobre la decisiva diferencia entre los síntomas de las neurosis actuales y los de las psiconeurosis, de cuyo primer grupo, el de las neurosis de trasferencia, tanto nos hemos ocupado hasta aquí. En ambos casos los síntomas provienen de la libido y son, por tanto, aplicaciones anormales de ella, un sustituto de la satisfacción. Pero los síntomas de las neurosis actuales -la presión intracraneana, una sensación dolorosa, un estado de irritación en un órgano, el debilitamiento o la inhibición de una función- no tienen «sentido» alguno, carecen de significado psíquico. No sólo se exteriorizan predominantemente en el cuerpo (como lo hacen también, por ejemplo, los síntomas histéricos), sino que ellos mismos son procesos enteramente corporales, en cuya génesis faltan todos los complejos mecanismos anímicos de que hemos tomado conocimiento. Entonces, ellos son realmente lo que por tanto tiempo se creyó que eran los síntomas psiconeuróticos.
(Freud, 1916, p. 352).

Freud afirma aquí que es libido trasmudada en ambos casos, aplicaciones anormales de ella. Es decir, angustia que no pregunta, que interroga al sujeto. Angustia que proviene del ello, que irrumpe en lo psíquico una aplicación anormal de la libido, donde no subyace el mecanismo psíquico que había propuesto en la época de la histeria. Estos síntomas se exteriorizan predominantemente en el cuerpo, como lo hacen en la histeria, pero no a partir de un mecanismo conversivo.

Los síntomas que se presentan a consulta testimonian que el lenguaje no alcanza,  no pueden hacerse comprender, son estos, los síntomas, una pregunta o una respuesta, responden a ese olvido…del olvido fundamental,  lo que en el plano de la palabra “aparece” no encuentra correlato en ningún otro plano, no pueden dar cuenta, de eso que escapa del cuerpo en tanto imagen. El síntoma tiene un límite porque se anuda al cuerpo, y este no está libidinizado, como si ese yo-cuerpo del que habla Freud, fuese puesto afuera, superficie proyectada pero, a la vez, desconocida, es decir, se proyecta y se desconoce, con lo cual pareciera que el sujeto queda imaginariamente separado de su cuerpo. “El yo es sobretodo una esencia-cuerpo; no es sólo una esencia-superficie, sino, él mismo, la proyección de una superficie.” (1923, pp. 27).

O sea que el yo deriva en última instancia de sensaciones corporales, principalmente las que parten de la superficie del cuerpo. Cabe considerarlo, entonces, como la proyección psíquica de la superficie del cuerpo, además de representar, como se ha visto antes, la superficie del aparato psíquico. (Freud, 1923; infra pp. 27-28).


Es en ese sentido  como Freud indica en “El yo y el ello”, toma éste último como una superficie que confluye hacia abajo con lo somático y, en el otro extremo de esa “estructura”, ello, el yo, por diferenciación con el mundo exterior. Es esa estructura que como superficie podríamos pensarla sin anverso ni reverso como una banda de moebius que no tiene, más que en el corte un efecto sujeto.

Es una superficie no orientable cuyos elementos podríamos decir que valen como marcas Hm, representaciones, impresiones de la primera infancia, por donde se desplazan cantidades de energía que no solamente valen en términos cuantitativos sino también cualitativos. Ese dinamismo, movimiento de cargas, llevado por Freud bajo la luz de un “problema económico”, da cuenta de que los síntomas son siempre  la expresión de un fenómeno no observable, en tanto que son efecto de esa estructura. Cuyo mecanismo Psíquico no es el de las Psiconeurosis, neurosis de transferencia, o neuropsicosis de defensa. Desde esta perspectiva, cómo podría sostenerse entonces el planteamiento de Freud que expondré a continuación, en el cual, pareciese que las neurosis actuales no devienen en el marco de la estructura constituyente del sujeto sino adquirida en un momento tardío:  

aktualneurosen; se explica el adjetivo “actual” a este grupo de neurosis porque sus causas son exclusivamente contemporáneas y no tienen su origen, como en el caso de las psiconeurosis, en el pasado del paciente (Freud, S, 1916, pp.351). 

Vale la pena, a propósito de esto, tomar la importancia que para la clínica implica la comprensión de que “La historia no es el pasado. La historia es el pasado historizado en el presente, historizado en el presente porque ha sido vivido en el pasado.” (Lacan, 1953-54, pp. 27). Es decir que, lo que en apariencia surge como nuevo, sin ligadura alguna con la historia del sujeto, vale decir, con la estructura, para Lacan es algo que está en el orden de la continuidad puesto que no hay separación temporal con la cual pudiese señalarse a la estructura como un pasado que pasó, sino que es siempre actual. En tal sentido podría uno preguntarse si toda neurosis es siempre actual. Es así que el significante “actual” atribuido por Freud a las neurosis “actuales”, puede ser también una manera de entender eso que no retorna de lo reprimido porque es siempre un inconsciente actual que, para el sujeto, en algunos casos puede manifestarse con una falta de reconocimiento de su causalidad, como desabonado del inconsciente. Puede decirse entonces que estar desabonado de lo inconsciente se trata de una posición en la que en lugar del amor de transferencia se sostiene en “El fracaso del inconsciente [que][1] es el amor al síntoma". (Torres, 2008).[2]


Lo real siempre llega en mal momento, de ahí la tyche como encuentro fallido con el trauma. El destino se inscribe como azar en el cuerpo, es el límite del síntoma que se anuda al cuerpo, en tanto cuerpo de goce, pero en ese límite, en ese borde, es justamente lo que del cuerpo no se tiene. Tener un cuerpo es precisamente un medio con el que se puede hacer algo, o no hacer, aun más cuando ese algo no retorna de lo reprimido, si no que irrumpe y lo desgarra. Una libra de carne que a un servicio otro,  ese resto goza. Es éste el aspecto mortificante del goce, pero paradójicamente, hay también una vertiente del goce que se modula como necesario en tanto “es aquello cuya falta haría vano el universo”. (Lacan, 1960, pp. 797).

No hay goce sin cuerpo, el dolor no retorna de lo reprimido, es un grito al Otro. El destino atrae como oscuro goce subrogado por la pulsión de muerte, por el súper yo en tanto goce mortificante y necesidad de castigo. La  cifra del destino está en lo real del lenguaje que  anuda y desanuda; es un instante, la repetición del instante, que estando fuera del tiempo, lo causa. Un ritmo demoniaco, mortífero, que acosa, cuyo vector es lo no solucionado del síntoma. Lo visto y lo oído de la infancia, de esas escenas que son punto de detenimiento eterno retorno de lo igual. Esa irrupción se inscribe por fuera del retorno de lo reprimido, por fuera de la cadena significante. Esas marcas conmemoran una irrupción de goce, en tanto fragmentos de origen filogenético, marcas de la historia primordial, un tiempo perdido que no se inscribe en el síntoma, la angustia desanuda, lo que el síntoma intenta anudar.

“¿Que soy yo (je)? Soy en el lugar del Goce, y es aquello cuya falta haría   vano el  universo (…) es ese goce cuya falta haría inconsistente al Otro. (Lacan, 1960, pp. 797).” 

Podríamos decir que hay, pues, un aspecto vivificante del goce y un aspecto mortificante. Ya Freud nos anticipa que el cuerpo opera como una representación pasible de tramitar aquello que no es del orden del significante, algo del cuerpo tramita, por así decir, esos volúmenes hipertróficos de energía no ligada de ningún modo. El cuerpo es en un todo SENTIDO y en tanto eso modula al goce tramita algo de esa angustia que está en su base, su estructura. El cuerpo mudo, que se anuda a esa dimensión muda del goce. El cuerpo fetalizado, inmaduro, prematuro del viviente, anticipa libidinalmente al cuerpo como imagen. Cuerpo imaginario identificación a la imagen cuerpo simbólico y cuerpo como consistencia real, es decir, cuerpo viviente.

El hombre está capturado por la imagen de su cuerpo, este punto explica muchas cosas y, en primer término, el privilegio que tiene dicha imagen para él. Su mundo, si es que esa palabra tuviese algún sentido, su umwlet, lo que lo rodea, el lo corpo-reifica, lo hace cosa a imagen de su cuerpo. No tiene la menor idea, ciertamente de qué sucede en ese cuerpo  ¿Cómo sobrevive un cuerpo? No sé si esto les llama la atención aunque más no sea un poco (…)
Ese cuerpo adquiere su peso por la vía de la mirada, la mayoría de lo que piensa el hombre se arraiga allí… no hay pensamiento sin cuerpo.  (Lacan, 1975, p 118)

Si el sujeto no sabe lo que sucede en ese cuerpo y si además, no se dispone más que a desconocer lo que desde ese lugar le habla, como texto a ser leído, como inconsciente, la posibilidad de construir un saber se obtura. Es así que la imaginarización de lo simbólico, en la que se erige una idealización de un cuerpo “glorioso”[3] que parece estar más allá de la muerte, un cuerpo sin afectación, sin afecto otro que la angustia misma descarnada, pero que en tanto no reconocida insiste de un lugar siniestro y ligado a una satisfacción, se sostiene pues, en ese amor al síntoma del que habla Lacan. No se trata de la identificación al síntoma, ni del síntoma como partenaire, un registro donde el amor muestra un rostro siniestro en ese goce que adviene del cuerpo pero que no retorna como saber no sabido sino como horror angustiado, no como pregunta que interroga sino como sorpresa, incomprensible, desconcertante. Es aquí donde, a mi juicio, se plantea la pregunta hoy sobre el quehacer del analista. Más aún en una época en la que, en la medida en que el orden simbólico parece empobrecerse, los recursos a lo imaginario se elevan al estatuto de una dignidad inmerecida pero fascinante.


Referencias

Lacan, J 1975 Intervenciones y textos II editorial Mananrtial Bs. As
Lacan, J. El reverso del Psicoanalisis en: el seminario libro 7 Editorial paidos Bs As.
Freud, S.  El estado neurótico común 24ª conferencia. Amorrortu editores
Freud, S El yo y el Ello amorrortu editores
Freud, S inhibición síntoma y angustia Amorrortu Editores.
Freud, S Mas allá del principio del placer Amorrortu editores.
Torres, M. (2008). Clínica, política y episteme del psicoanálisis aplicado. En: Virtualia Revista Digital de la Escuela de Orientación Lacaniana, Año VII. EOL.




[1] La palabra agregada entre corchetes es mía.
[2] No corresponde número de página pues la cita está tomada de un documento digital.
[3] Esta noción hace referencia a los desarrollos del antropólogo francés Marc Augé en su texto: ¿Por qué vivimos?: “..la imagen del cuerpo glorioso se transforma fácilmente en su contrario, se aprecia mejor otra paradoja de nuestro tiempo: la coexistencia de investigaciones, difíciles y onerosas, que pretenden expulsar tanto como sea posible el acontecimiento del cuerpo individual, para proteger y prolongar su vida, así como la muerte incontrolada en este mundo violento, la miseria y la enfermedad.” (Augé, 2004, pp. 71). 

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