El síntoma,
el cuerpo, la actualidad de las neurosis actuales.
Las schlüssel-neuronen que son un modo
particular de respuesta, de descarga, que se produce en el interior del sistema
psi. Pero paradójicamente esta descarga sólo tiene por función aumentar aún la
carga. En tanto llama a esas Schlüssel-neuronen también —no creo que sea un
lapsus— Motorische Nueronen, es algo que por las excitaciones que se producen
en el interior del sistema psy, va a provocar una serie de movimientos que
efectivamente vienen del interior, que aumentarán aún la tensión, y que en
consecuencia se encontrarán en el principio de algo que para nosotros es del
más alto interés, justamente concerniente al problema que ha sido más que
demasiado abandonado, de las neurosis actuales (Lacan, 1959, p. 55)
La
idea que intento desarrollar en este trabajo es articular algunos conceptos e
ideas abordadas dentro del marco del curso de seminario de maestría, Metapsicología
I, llevado en el primer cuatrimestre del año 2012. De lo allí trabajado, acerca del síntoma y el
cuerpo, derivaré en esta oportunidad en reflexión
en torno a la relación de las neurosis
actuales y su actualidad en marco clínica. Para ello abordaré textos que
hacen a esta problemática en Freud, tanto de su primera época, como así también
sus últimas conceptualizaciones.
Me
serviré entonces de un interrogante a modo de supuesto:
¿Qué relación que existe,
entre la invariable que fue lo económico en Freud, a lo largo de toda su obra, el
trauma, lo traumático, en tanto estructura, y el cuerpo, el síntoma actual, eso que no retorna de lo reprimido?
Parto
también del interrogante que suscita en mí, que en la obra de Lacan no
haya muchas referencias a las Neurosis
Actuales, un problema demasiado abandonado dice Lacan, al menos en su
denominación explícita. No obstante, es evidente que en sus elaboraciones
acerca de la angustia resulta cuestión vital la vertiente abierta por Freud en
esa clínica que enfrentaba al sujeto y al analista con una clínica de lo real.
Las neurosis actuales ubican al cuerpo bajo otra rubrica, son el denominador
común de la clínica en nuestra época. Introducir las neurosis actuales en el
dispositivo analítico hoy, es retomar aquello que, en tanto desecho, constituye
un tipo particular de síntoma que no es el de las psiconeurosis, donde lo que
prevalece es el reino de la sustitución y el desplazamiento, las dos
vertientes, las dos caras del síntoma, la que prevalece entonces en las
Neurosis Actuales es esa cara extraña e irreductible, en tanto pulsional y no
descifrable. La que escapa al significante. En tal sentido, sería válido
preguntarnos ¿Tiene estatuto de síntoma
eso que se presenta en la clínica actual?
En
principio si alguien consulta es porque algo del orden del síntoma se
constituye, no obstante, son pedidos de consulta, que no conllevan,
necesariamente, una demanda de análisis. En este sentido, la tarea previa del
analista sería ubicar la historicidad y la
histericidad del síntoma, en estos sujetos no escindidos, en y con
la transferencia, a partir del pivote del supuesto saber. La modalidad
actual de un síntoma velado, que no hace pregunta, que no interroga al sujeto
que, dicho de otra manera, pareciera prescindir de la causalidad psíquica y de
lo inconsciente, lleva aparejada una dificultad propia, a saber, que no busca
un destinatario y, en tal sentido, no es fácil hacer advenir ahí la invención,
por parte del sujeto, de otro que en tanto semblante pueda operar como
analista. Es así que, la clínica actual, interroga la posición del analista
acerca de su saber y de su deseo.
Ahora tengo que
llamarles la atención sobre la decisiva diferencia entre los síntomas de las
neurosis actuales y los de las psiconeurosis, de cuyo primer grupo, el de las
neurosis de trasferencia, tanto nos hemos ocupado hasta aquí. En ambos casos
los síntomas provienen de la libido y son, por tanto, aplicaciones anormales de
ella, un sustituto de la satisfacción. Pero los síntomas de las neurosis
actuales -la presión intracraneana, una sensación dolorosa, un estado de
irritación en un órgano, el debilitamiento o la inhibición de una función- no
tienen «sentido» alguno, carecen de significado psíquico. No sólo se
exteriorizan predominantemente en el cuerpo (como lo hacen también, por
ejemplo, los síntomas histéricos), sino que ellos mismos son procesos enteramente
corporales, en cuya génesis faltan todos los complejos mecanismos anímicos de
que hemos tomado conocimiento. Entonces, ellos son realmente lo que por tanto
tiempo se creyó que eran los síntomas psiconeuróticos.
(Freud,
1916, p. 352).
Freud
afirma aquí que es libido trasmudada en ambos casos, aplicaciones anormales de
ella. Es decir, angustia que no pregunta, que interroga al sujeto. Angustia que
proviene del ello, que irrumpe en lo psíquico una aplicación anormal de la
libido, donde no subyace el mecanismo psíquico que había propuesto en la época
de la histeria. Estos síntomas se exteriorizan predominantemente en el cuerpo,
como lo hacen en la histeria, pero no a partir de un mecanismo conversivo.
Los
síntomas que se presentan a consulta testimonian que el lenguaje no
alcanza, no pueden hacerse comprender, son
estos, los síntomas, una pregunta o una respuesta, responden a ese olvido…del
olvido fundamental, lo que en el plano
de la palabra “aparece” no encuentra correlato en ningún otro plano, no pueden
dar cuenta, de eso que escapa del cuerpo en tanto imagen. El síntoma tiene un
límite porque se anuda al cuerpo, y este no está libidinizado, como si ese
yo-cuerpo del que habla Freud, fuese puesto afuera, superficie proyectada pero,
a la vez, desconocida, es decir, se proyecta y se desconoce, con lo cual
pareciera que el sujeto queda imaginariamente separado de su cuerpo. “El yo es
sobretodo una esencia-cuerpo; no es sólo una esencia-superficie, sino, él
mismo, la proyección de una superficie.” (1923, pp. 27).
O sea que el yo deriva en última instancia de sensaciones
corporales, principalmente las que parten de la superficie del cuerpo. Cabe
considerarlo, entonces, como la proyección psíquica de la superficie del
cuerpo, además de representar, como se ha visto antes, la superficie del
aparato psíquico. (Freud,
1923; infra pp. 27-28).
Es
en ese sentido como Freud indica en “El yo y el ello”, toma
éste último como una superficie que confluye hacia abajo con lo somático y, en
el otro extremo de esa “estructura”, ello, el yo, por diferenciación con el
mundo exterior. Es esa estructura que como superficie podríamos pensarla sin
anverso ni reverso como una banda de moebius que no tiene, más que en el corte
un efecto sujeto.
Es
una superficie no orientable cuyos elementos podríamos decir que valen como
marcas Hm, representaciones,
impresiones de la primera infancia, por donde se desplazan cantidades de
energía que no solamente valen en términos cuantitativos sino también
cualitativos. Ese dinamismo, movimiento de cargas, llevado por Freud bajo la
luz de un “problema económico”, da cuenta de que los síntomas son siempre la expresión de un fenómeno no observable, en
tanto que son efecto de esa estructura. Cuyo mecanismo Psíquico no es el de las
Psiconeurosis, neurosis de transferencia, o neuropsicosis de defensa. Desde
esta perspectiva, cómo podría sostenerse entonces el planteamiento de Freud que
expondré a continuación, en el cual, pareciese que las neurosis actuales no
devienen en el marco de la estructura constituyente del sujeto sino adquirida
en un momento tardío:
aktualneurosen; se explica el adjetivo “actual” a este
grupo de neurosis porque sus causas son exclusivamente contemporáneas y no
tienen su origen, como en el caso de las psiconeurosis, en el pasado del paciente (Freud, S, 1916, pp.351).
Vale la pena, a propósito de
esto, tomar la importancia que para la clínica implica la comprensión de que “La historia no es el pasado. La historia es
el pasado historizado en el presente, historizado en el presente porque ha sido
vivido en el pasado.” (Lacan, 1953-54, pp. 27). Es decir que, lo que en
apariencia surge como nuevo, sin ligadura alguna con la historia del sujeto,
vale decir, con la estructura, para Lacan es algo que está en el orden de la
continuidad puesto que no hay separación temporal con la cual pudiese señalarse
a la estructura como un pasado que pasó, sino que es siempre actual. En tal
sentido podría uno preguntarse si toda neurosis es siempre actual. Es así que
el significante “actual” atribuido por Freud a las neurosis “actuales”, puede
ser también una manera de entender eso que no retorna de lo reprimido porque es
siempre un inconsciente actual que, para el sujeto, en algunos casos puede
manifestarse con una falta de reconocimiento de su causalidad, como desabonado
del inconsciente. Puede decirse entonces que estar desabonado de lo
inconsciente se trata de una posición en la que en lugar del amor de
transferencia se sostiene en “El fracaso
del inconsciente [que][1] es el amor
al síntoma". (Torres, 2008).[2]
Lo
real siempre llega en mal momento, de ahí la tyche como encuentro fallido con el trauma. El destino se inscribe
como azar en el cuerpo, es el límite del síntoma que se anuda al cuerpo, en
tanto cuerpo de goce, pero en ese límite, en ese borde, es justamente lo que
del cuerpo no se tiene. Tener un cuerpo es precisamente un medio con el que se
puede hacer algo, o no hacer, aun más cuando ese algo no retorna de lo
reprimido, si no que irrumpe y lo desgarra. Una libra de carne que a un
servicio otro, ese resto goza. Es éste el
aspecto mortificante del goce, pero paradójicamente, hay también una vertiente
del goce que se modula como necesario en tanto “es aquello cuya falta haría
vano el universo”. (Lacan, 1960, pp. 797).
No
hay goce sin cuerpo, el dolor no retorna de lo reprimido, es un grito al Otro. El
destino atrae como oscuro goce subrogado por la pulsión de muerte, por el súper
yo en tanto goce mortificante y necesidad de castigo. La cifra del destino está en lo real del lenguaje
que anuda y desanuda; es un instante, la
repetición del instante, que estando fuera del tiempo, lo causa. Un ritmo
demoniaco, mortífero, que acosa, cuyo vector es lo no solucionado del síntoma.
Lo visto y lo oído de la infancia, de esas escenas que son punto de
detenimiento eterno retorno de lo igual. Esa irrupción se inscribe por fuera
del retorno de lo reprimido, por fuera de la cadena significante. Esas marcas
conmemoran una irrupción de goce, en tanto fragmentos de origen filogenético,
marcas de la historia primordial, un tiempo perdido que no se inscribe en el
síntoma, la angustia desanuda, lo que el síntoma intenta anudar.
“¿Que
soy yo (je)? Soy en el lugar del Goce, y es aquello cuya falta haría vano el universo (…) es ese goce cuya falta haría
inconsistente al Otro. (Lacan, 1960, pp. 797).”
Podríamos
decir que hay, pues, un aspecto vivificante del goce y un aspecto mortificante.
Ya Freud nos anticipa que el cuerpo opera como una representación pasible de
tramitar aquello que no es del orden del significante, algo del cuerpo tramita,
por así decir, esos volúmenes hipertróficos de energía no ligada de ningún
modo. El cuerpo es en un todo SENTIDO y en tanto eso modula al goce tramita
algo de esa angustia que está en su base, su estructura. El cuerpo mudo, que se
anuda a esa dimensión muda del goce. El cuerpo fetalizado, inmaduro, prematuro
del viviente, anticipa libidinalmente al cuerpo como imagen. Cuerpo imaginario
identificación a la imagen cuerpo simbólico y cuerpo como consistencia real, es
decir, cuerpo viviente.
El hombre está
capturado por la imagen de su cuerpo, este punto explica muchas cosas y, en
primer término, el privilegio que tiene dicha imagen para él. Su mundo, si es
que esa palabra tuviese algún sentido, su umwlet, lo que lo rodea, el lo
corpo-reifica, lo hace cosa a imagen de su cuerpo. No tiene la menor idea,
ciertamente de qué sucede en ese cuerpo
¿Cómo sobrevive un cuerpo? No sé si esto les llama la atención aunque más
no sea un poco (…)
Ese cuerpo adquiere
su peso por la vía de la mirada, la mayoría de lo que piensa el hombre se
arraiga allí… no hay pensamiento sin cuerpo. (Lacan, 1975, p 118)
Si
el sujeto no sabe lo que sucede en ese cuerpo y si además, no se dispone más
que a desconocer lo que desde ese lugar le habla, como texto a ser leído, como
inconsciente, la posibilidad de construir un saber se obtura. Es así que la
imaginarización de lo simbólico, en la que se erige una idealización de un
cuerpo “glorioso”[3]
que parece estar más allá de la muerte, un cuerpo sin afectación, sin afecto otro
que la angustia misma descarnada, pero que en tanto no reconocida insiste de un
lugar siniestro y ligado a una satisfacción, se sostiene pues, en ese amor al
síntoma del que habla Lacan. No se trata de la identificación al síntoma, ni
del síntoma como partenaire, un registro donde el amor muestra un rostro
siniestro en ese goce que adviene del cuerpo pero que no retorna como saber no
sabido sino como horror angustiado, no como pregunta que interroga sino como
sorpresa, incomprensible, desconcertante. Es aquí donde, a mi juicio, se
plantea la pregunta hoy sobre el quehacer del analista. Más aún en una época en
la que, en la medida en que el orden simbólico parece empobrecerse, los
recursos a lo imaginario se elevan al estatuto de una dignidad inmerecida pero
fascinante.
Lacan,
J 1975 Intervenciones y textos II editorial Mananrtial Bs. As
Lacan,
J. El reverso del Psicoanalisis en: el seminario libro 7 Editorial paidos Bs
As.
Freud,
S. El estado neurótico común 24ª
conferencia. Amorrortu editores
Freud,
S El yo y el Ello amorrortu editores
Freud,
S inhibición síntoma y angustia Amorrortu Editores.
Freud,
S Mas allá del principio del placer Amorrortu editores.
Torres,
M. (2008). Clínica, política y
episteme del psicoanálisis aplicado. En: Virtualia Revista Digital de
la Escuela de Orientación Lacaniana, Año VII. EOL.
[3] Esta noción hace referencia a los desarrollos del antropólogo francés
Marc Augé en su texto: ¿Por qué vivimos?: “..la imagen del cuerpo glorioso se
transforma fácilmente en su contrario, se aprecia mejor otra paradoja de
nuestro tiempo: la coexistencia de investigaciones, difíciles y onerosas, que
pretenden expulsar tanto como sea posible el acontecimiento del cuerpo
individual, para proteger y prolongar su vida, así como la muerte incontrolada
en este mundo violento, la miseria y la enfermedad.” (Augé, 2004, pp. 71).
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